miércoles, 24 de junio de 2026

Morante firma una obra para el recuerdo, Talavante desoreja a un gran «Revolucionario-54» y Ortega redondea una tarde de categoría.

 La brava y notable corrida de Santiago Domecq sostiene, hasta el momento, el festejos más completo y torero de la Feria de Hogueras.

Había razones de sobra para señalar esta cita como uno de los acontecimientos de la Feria de Hogueras y la tarde respondió a las expectativas. Alicante asistió a una corrida de categoría, de las que dejan poso, con una notable corrida de Santiago Domecq, tres toreros dispuestos a expresarse y varios toros de extraordinaria condición que permitieron contemplar momentos de gran toreo.



Morante de la Puebla fue quien dejó la huella artística más profunda. Talavante obtuvo el triunfo estadístico de mayor relieve tras cuajar al gran «Revolucionario», número 54, y Juan Ortega rubricó una de sus actuaciones más completas y macizas en Alicante. Tres conceptos distintos, una misma ambición y una tarde que elevó el nivel de la feria.

El primero ya marcó el camino. Salió algo suelto, sin terminar de entregarse en los primeros lances, pero Morante se impuso desde el primer momento con varias verónicas cargadas de temple y sabor. El toro protagonizó además la pelea más brava en el caballo de lo que va de feria, empujando con entrega y codicia. Después llegaron cuatro chicuelinas y una revolera que pusieron la plaza en ebullición. La faena de muleta tuvo empaque desde el inicio. Morante se sacó al toro a los medios por ayudados por alto en una apertura llena de personalidad. Por el pitón derecho construyó los mejores momentos de una labor templada y profunda. El izquierdo presentó más dificultades y la intensidad descendió por momentos, pero el sevillano supo reconducir la obra regresando a la diestra para firmar un final de gran categoría. La estocada, arriba y en todo lo alto, puso en sus manos una oreja de ley.


Talavante se encontró en segundo lugar con un toro que apuntaba calidad, aunque las repetidas pérdidas de manos condicionaron seriamente sus opciones. Aun así, logró aprovechar las embestidas más limpias por el pitón derecho, donde el animal mostró clase y fondo. El extremeño construyó una faena inteligente, exigiendo cuando podía y administrando las fuerzas de un toro que parecía descoordinado de las manos. La media estocada dejó todo en una ovación desde el tercio, pues sorprendentemente no hubo petición.

El tercer toro permitió contemplar uno de los momentos capoteros de la feria. Juan Ortega firmó un recibo sencillamente extraordinario. Con las rodillas flexionadas, sometiendo la embestida y rematando con medias de cartel, puso la plaza en pie. Fue una lección de compás, gusto y naturalidad. El toro tuvo movilidad, transmisión y una humillación constante que le llevaba a clavar los pitones en la arena continuamente. Ortega dejó pasajes de enorme belleza, especialmente al natural, donde surgieron muletazos de auténtica inspiración. Sin embargo, la faena nunca terminó de romper definitivamente. Hubo destellos de obra grande, pero faltó continuidad para alcanzar mayores cotas. El pinchazo previo y la estocada baja dejaron todo en una petición insuficiente.

La gran obra de la tarde llegó en el cuarto. Morante recibió al toro con delantales ceñidos y torerísimos, llevando al animal cosido al vuelo del capote. El toro sufrió un fuerte costalazo cuando apuntaba magníficas condiciones, circunstancia que pudo haber condicionado la lidia, pero no impidió que el genio de La Puebla destapara el tarro de las esencias.

Desde el inicio en el estribo hasta el cierre por abajo, la faena fue un compendio de torería. Hubo muletazos de una lentitud insultante, tandas por el pitón derecho llevadas hasta el final y rematadas con un gusto exquisito, y momentos de inspiración que hicieron viajar al aficionado a otra época. Morante cuajó al toro, lo sometió y lo toreó con profundidad, componiendo probablemente la mejor faena que haya firmado en Alicante. El pinchazo previo resultó determinante en el resultado final. La oreja concedida supo a escaso premio para una obra de enorme dimensión artística. La fuerte petición de la segunda y los gritos de «¡torero, torero!» reflejaron el sentir de una plaza completamente entregada.






El quinto fue el toro de mayor trapío del encierro, de hechuras rozando la perfección y uno de los grandes nombres propios de la tarde. «Revolucionario», número 54, hizo honor a su nombre. Tras un notable tercio de banderillas de Javier Ambel, que se desmonteró con justicia, Talavante inició su labor de rodillas para conectar rápidamente con los tendidos. Pronto quedó claro que el toro tenía algo especial. Humillador, largo, encastado y con una clase extraordinaria, embestía con el hocico barriendo la arena y transmitiendo emoción en cada embroque. No era una embestida mecánica ni cómoda; tenía profundidad y exigencia. Por ambos pitones resultó excepcional, especialmente por el izquierdo.

Talavante lo entendió a la perfección y construyó una faena importante, ligada y de gran autoridad. Por momentos llegó a sobrevolar la ligera idea del indulto en algunos sectores del tendido aunque es cierto que el toro perdió intensidad en los compases finales. Aun así, quedó la sensación de estar ante uno de los toros más completos de la feria. Las manoletinas finales pusieron a la plaza en pie antes de una estocada trasera que no impidió la concesión de las dos orejas. El arrastre ovacionado reconoció la extraordinaria condición de un toro que engrandeció la corrida.

Revolucionario-54 de Santiago Domeqc enamoraba en los corrales por sus hechuras armónicas y seriedad sin exageraciones. 

Y todavía quedaba el broche de Juan Ortega. El sexto confirmó definitivamente el excelente juego del envío de Santiago Domecq. Ortega volvió a cuajarlo ya de salida con el capote, meciendo las embestidas con ese temple tan característico que convierte la sencillez en arte. El paso por el caballo y las banderillas apenas tuvieron relevancia, pero en la muleta emergió un gran toro.

Con fondo, calidad y duración, el animal permitió a Ortega expresarse en plenitud. Surgieron tandas de enorme cadencia, muletazos lentísimos, llevados con la cintura, acompañando la embestida hasta el final y toreando siempre desde la naturalidad. Fue una faena de aroma clásico, de gusto exquisito y de enorme conexión con el tendido. El sevillano terminó cuajando una de sus actuaciones más redondas en Alicante. El pinchazo previo resultó decisivo. Sin ese borrón, la puerta de las dos orejas parecía abierta de par en par. La posterior estocada dejó el premio en una sola oreja y la sensación de que la espada privó al torero de un triunfo de mayor dimensión.

La corrida concluyó entre el reconocimiento a una ganadería que ofreció bravura, clase y emoción, y la satisfacción de haber asistido a una tarde importante. Morante dejó una obra para el recuerdo. Talavante encontró el triunfo grande junto a un toro extraordinario. Ortega confirmó el excelente momento de su concepto. Y Santiago Domecq firmó, sin duda, una de las corridas más completas y de mayor interés de toda la Feria de Hogueras.

Y para finalizar... La única nota verdaderamente desafortunada de la tarde llegó una vez concluido el festejo. Morante, que había sumado una oreja de cada uno de sus toros y había abierto reglamentariamente la Puerta Grande, decidió renunciar a la salida a hombros en protesta por la concesión de trofeos. El sevillano está en su derecho de expresar su desacuerdo con la presidencia, pero resulta difícil compartir una decisión que termina privando al público de celebrar junto al torero una actuación memorable. La grandeza de las figuras también reside en saber aceptar los criterios del palco cuando no coinciden con sus expectativas. El juicio artístico sobre su faena al cuarto podrá seguir alimentando el debate entre aficionados, pero la Puerta Grande se conquista en el ruedo y, una vez abierta, debería honrarse como reconocimiento al conjunto de la tarde y al respeto debido a quienes acudieron 

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