Alicante acudía a la cita con la expectación propia de las grandes ocasiones: El regreso de los victorinos a una plaza que aguardaba con ilusión el duelo entre dos especialistas consumados con este tipo de toro, como Manuel Jesús El Cid y Manuel Escribano, junto con la figura alicantina José María Manzanares. Lo que no imaginábamos era asistir a una de las corridas más completas, bravas e importantes que se recuerdan en los últimos años en Alicante.
Abrió plaza un victorino que ya dejó entrever su condición desde los primeros compases. Empujó con fuerza en el caballo y posteriormente comenzó a desarrollar cierto sentido que obligaba a hacer las cosas muy bien. Y ahí apareció el magisterio de El Cid. Brindó a Luis Francisco Esplá y comenzó una obra de gobierno, mando y conocimiento. Especialmente al natural, por donde el toro rompió con una embestida larga, entregada y humillada. El de Salteras lo llevó siempre cosido a la franela, tapándole defectos y administrando virtudes. La faena creció sobre el temple y la colocación. También por el derecho encontró recorrido un toro de fondo extraordinario. Fue una actuación de torero cuajado, de profesional curtido en mil batallas con este encaste. Cumbre toro y torero, que enseñó, una vez más, el carnet de gran especialista en estos lares. La espada, media estocada agarrada enfrió el ambiente que mereció premio. Aun así, la fuerte ovación al toro en el arrastre reflejaron la dimensión de lo sucedido.
El segundo tuvo más nobleza que
fiereza y permitió a Manzanares expresar su concepto más clásico. Lo recibió
con verónicas de calidad y pronto se vio que el toro exigía llevarlo suavemente
toreado, sin brusquedades y con la muleta siempre puesta. Así lo entendió el
alicantino. Especialmente destacada fue su labor al natural, acariciando
literalmente las embestidas, corriendo la mano con suavidad y largura. El toro
respondió con entrega y clase, y la faena fue tomando vuelo sobre la armonía de
los muletazos. Una estocada recibiendo, aunque trasera y tendida, resultó
definitiva. Alicante se entregó a su torero y paseó una oreja de peso tras una
faena de gran nivel al segundo Victorino de toda su carrera.
El tercero fue, sencillamente, un toro de vacas. Desde la larga cambiada de rodillas en el tercio hasta el último muletazo, el sevillano incendió la plaza. Verónicas templadas, chicuelinas vibrantes al paso llevando al toro al caballo y un tercio de banderillas apoteósico pusieron a Alicante en pie. El toro respondió con una clase descomunal. Humillado, largo, repitiendo con una calidad suprema dentro de una corrida, por el momento, excepcional. Escribano lo entendió perfectamente y construyó una faena de enorme conexión con el tendido. Al natural alcanzó momentos de alto voltaje, llevando al victorino arrastrando el hocico por la arena. Aquello era un toro de vacas, un toro para hacer una ganadería. Un toro de lío gordo. Cuatro pinchazos terminaron por sepultar un triunfo que apuntaba, sin ninguna duda, a las dos orejas. Matalunas-69 se marchó dejando detrás una estela de admiración. Una vuelta al ruedo entre ovaciones rindiendo honores a la bravura más enclasada que, probablemente se ha visto esta feria de Hogueras.
El cuarto devolvió a escena a un Cid en estado de gracia, maduro, experto. Un Cid que acumula muchas horas de vuelo en esto. El toro tuvo casta... Y la casta hizo que el toro desarrollara cierto sentido. Pero no es menos cierto que el toro mantuvo una fijeza extraordinaria. El torero de Salteras volvió a demostrar que la técnica es el mejor aliado del valor. Siempre adelantando la muleta, siempre enseñando el camino, siempre gobernando la embestida. Los naturales tuvieron aroma de torero grande. Despacio, templados y ligados. Cuando el toro redujo intensidad, la faena perdió algo de vuelo, pero no de contenido. El espadazo, rotundo y definitivo, desató la petición y el palco concedió dos orejas que premiaban tanto aquella faena como el conjunto de una tarde maciza, profunda y llena de torería.
El quinto mantuvo el extraordinario tono ganadero de la corrida. Toro noble, fijo y humillador, aunque con más sentido por el izquierdo. Manzanares volvió a mostrar su mejor versión. Lo fue haciendo poco a poco, abriéndole caminos y construyendo la embestida desde la suavidad. Especialmente meritorio resultó cómo logró meter en la canasta al toro cuando éste comenzó a exigir más por el pitón izquierdo. Por el derecho llegaron los pasajes de mayor rotundidad. Una última tanda llego al tendido con intensidad. Sin embargo, el fallo con los aceros privó al alicantino de esa oreja que le hubiera abierto la Puerta Grande. Saludó una ovación tras aviso mientras el toro era despedido, de nuevo, entre ovaciones.
Cerró plaza Escribano con otro ejercicio de compromiso absoluto. Se fue a la puerta de chiqueros y convirtió la salida del toro en una auténtica revolución. Alicante estaba entregada y el sevillano respondió con un despliegue de valor sin reservas. El tercio de banderillas volvió a ser electrizante, clavando en la misma cara del toro y levantando al público de sus asientos. Pero este sexto ya no era el tercero. Más encastado, más sentido y una embestida mucho más compleja. Avisó pronto. Se orientó. Exigió verdad. Y Escribano decidió jugarse la vida. Robó naturales de enorme mérito, fijó una embestida que inicialmente era incierta y terminó imponiéndose a base de firmeza y convicción. La estocada, aunque caída y trasera, tuvo efectos fulminantes. La petición fue atronadora y las dos orejas terminaron en sus manos entre gritos de “torero, torero”.
La corrida dejó tres triunfadores, pero un gran vencedor por encima de todos: Victorino Martín. Pocas veces una corrida reúne tanta calidad, tanta emoción y tanta variedad de matices. Una corrida brava de verdad, de las que exigen toreros y recompensan a quienes saben entenderlas.
Y en medio de todo ello, un nombre sobresalió con fuerza: El Cid. Porque cuando el toreo se basa en el conocimiento, el temple y la verdad, los años no pesan. Al contrario, engrandecen.





















































