miércoles, 24 de junio de 2026

Victorino conquista Alicante y El Cid firma una tarde para el recuerdo.

 Alicante acudía a la cita con la expectación propia de las grandes ocasiones:  El regreso de los victorinos a una plaza que aguardaba con ilusión el duelo entre dos especialistas  consumados con este tipo de toro, como Manuel Jesús El Cid y Manuel Escribano, junto con la figura alicantina José María Manzanares. Lo que no imaginábamos era asistir a una de las corridas más completas, bravas e importantes que se recuerdan en los últimos años en Alicante.




Victorino Martín lidió una corrida de bandera. Una corrida de las que reivindican el encaste Albaserrada. Hubo fijeza, humillación, transmisión, nobleza cuando tocaba y también el punto de casta que distingue a los toros exigentes de los simplemente buenos. Hasta cinco toros tuvieron nota alta y varios rozaron cotas de auténtica revolución ganadera.

Abrió plaza un victorino que ya dejó entrever su condición desde los primeros compases. Empujó con fuerza en el caballo y posteriormente comenzó a desarrollar cierto sentido que obligaba a hacer las cosas muy bien. Y ahí apareció el magisterio de El Cid. Brindó a Luis Francisco Esplá y comenzó una obra de gobierno, mando y conocimiento. Especialmente al natural, por donde el toro rompió con una embestida larga, entregada y humillada. El de Salteras lo llevó siempre cosido a la franela, tapándole defectos y administrando virtudes. La faena creció sobre el temple y la colocación. También por el derecho encontró recorrido un toro de fondo extraordinario. Fue una actuación de torero cuajado, de profesional curtido en mil batallas con este encaste. Cumbre toro y torero, que enseñó, una vez más, el carnet de gran especialista en estos lares. La espada, media estocada agarrada enfrió el ambiente que mereció premio. Aun así, la fuerte ovación al toro en el arrastre reflejaron la dimensión de lo sucedido.

El segundo tuvo más nobleza que fiereza y permitió a Manzanares expresar su concepto más clásico. Lo recibió con verónicas de calidad y pronto se vio que el toro exigía llevarlo suavemente toreado, sin brusquedades y con la muleta siempre puesta. Así lo entendió el alicantino. Especialmente destacada fue su labor al natural, acariciando literalmente las embestidas, corriendo la mano con suavidad y largura. El toro respondió con entrega y clase, y la faena fue tomando vuelo sobre la armonía de los muletazos. Una estocada recibiendo, aunque trasera y tendida, resultó definitiva. Alicante se entregó a su torero y paseó una oreja de peso tras una faena de gran nivel al segundo Victorino de toda su carrera.



El tercero fue, sencillamente, un toro de vacas. Desde la larga cambiada de rodillas en el tercio hasta el último muletazo, el sevillano incendió la plaza. Verónicas templadas, chicuelinas vibrantes  al paso llevando al toro al caballo y un tercio de banderillas apoteósico pusieron a Alicante en pie. El toro respondió con una clase descomunal. Humillado, largo, repitiendo con una calidad  suprema dentro de una corrida, por el momento, excepcional. Escribano lo entendió perfectamente y construyó una faena de enorme conexión con el tendido. Al natural alcanzó momentos de alto voltaje, llevando al victorino arrastrando el hocico por la arena. Aquello era un toro de vacas, un toro para hacer una ganadería. Un toro de lío gordo. Cuatro pinchazos terminaron por sepultar un triunfo que apuntaba, sin ninguna duda, a las dos orejas. Matalunas-69 se marchó dejando detrás una estela de admiración. Una vuelta al ruedo entre ovaciones rindiendo honores a la bravura más enclasada que, probablemente se ha visto esta feria de Hogueras.



El cuarto devolvió a escena a un Cid en estado de gracia, maduro, experto. Un Cid que acumula muchas horas de vuelo en esto. El toro tuvo casta... Y la casta hizo que el toro desarrollara cierto sentido. Pero no es menos cierto que el toro mantuvo una fijeza extraordinaria. El torero de Salteras volvió a demostrar que la técnica es el mejor aliado del valor. Siempre adelantando la muleta, siempre enseñando el camino, siempre gobernando la embestida. Los naturales tuvieron aroma de torero grande. Despacio, templados y ligados. Cuando el toro redujo intensidad, la faena perdió algo de vuelo, pero no de contenido. El espadazo, rotundo y definitivo, desató la petición y el palco concedió dos orejas que premiaban tanto aquella faena como el conjunto de una tarde maciza, profunda y llena de torería.




El quinto mantuvo el extraordinario tono ganadero de la corrida. Toro noble, fijo y humillador, aunque con más sentido por el izquierdo. Manzanares volvió a mostrar su mejor versión. Lo fue haciendo poco a poco, abriéndole caminos y construyendo la embestida desde la suavidad. Especialmente meritorio resultó cómo logró meter en la canasta al toro cuando éste comenzó a exigir más por el pitón izquierdo. Por el derecho llegaron los pasajes de mayor rotundidad. Una última tanda llego al tendido con intensidad. Sin embargo, el fallo con los aceros privó al alicantino de esa oreja que le hubiera abierto la Puerta Grande. Saludó una ovación tras aviso mientras el toro era despedido, de nuevo, entre ovaciones.

Cerró plaza Escribano con otro ejercicio de compromiso absoluto. Se fue a la puerta de chiqueros y convirtió la salida del toro en una auténtica revolución. Alicante estaba entregada y el sevillano respondió con un despliegue de valor sin reservas. El tercio de banderillas volvió a ser electrizante, clavando en la misma cara del toro y levantando al público de sus asientos. Pero este sexto ya no era el tercero. Más encastado, más sentido y una embestida mucho más compleja. Avisó pronto. Se orientó. Exigió verdad. Y Escribano decidió jugarse la vida. Robó naturales de enorme mérito, fijó una embestida que inicialmente era incierta y terminó imponiéndose a base de firmeza y convicción. La estocada, aunque caída y trasera, tuvo efectos fulminantes. La petición fue atronadora y las dos orejas terminaron en sus manos entre gritos de “torero, torero”.


La corrida dejó tres triunfadores, pero un gran vencedor por encima de todos: Victorino Martín. Pocas veces una corrida reúne tanta calidad, tanta emoción y tanta variedad de matices. Una corrida brava de verdad, de las que exigen toreros y recompensan a quienes saben entenderlas.

Y en medio de todo ello, un nombre sobresalió con fuerza: El Cid. Porque cuando el toreo se basa en el conocimiento, el temple y la verdad, los años no pesan. Al contrario, engrandecen.

Morante firma una obra para el recuerdo, Talavante desoreja a un gran «Revolucionario-54» y Ortega redondea una tarde de categoría.

 La brava y notable corrida de Santiago Domecq sostiene, hasta el momento, el festejos más completo y torero de la Feria de Hogueras.

Había razones de sobra para señalar esta cita como uno de los acontecimientos de la Feria de Hogueras y la tarde respondió a las expectativas. Alicante asistió a una corrida de categoría, de las que dejan poso, con una notable corrida de Santiago Domecq, tres toreros dispuestos a expresarse y varios toros de extraordinaria condición que permitieron contemplar momentos de gran toreo.



Morante de la Puebla fue quien dejó la huella artística más profunda. Talavante obtuvo el triunfo estadístico de mayor relieve tras cuajar al gran «Revolucionario», número 54, y Juan Ortega rubricó una de sus actuaciones más completas y macizas en Alicante. Tres conceptos distintos, una misma ambición y una tarde que elevó el nivel de la feria.

El primero ya marcó el camino. Salió algo suelto, sin terminar de entregarse en los primeros lances, pero Morante se impuso desde el primer momento con varias verónicas cargadas de temple y sabor. El toro protagonizó además la pelea más brava en el caballo de lo que va de feria, empujando con entrega y codicia. Después llegaron cuatro chicuelinas y una revolera que pusieron la plaza en ebullición. La faena de muleta tuvo empaque desde el inicio. Morante se sacó al toro a los medios por ayudados por alto en una apertura llena de personalidad. Por el pitón derecho construyó los mejores momentos de una labor templada y profunda. El izquierdo presentó más dificultades y la intensidad descendió por momentos, pero el sevillano supo reconducir la obra regresando a la diestra para firmar un final de gran categoría. La estocada, arriba y en todo lo alto, puso en sus manos una oreja de ley.


Talavante se encontró en segundo lugar con un toro que apuntaba calidad, aunque las repetidas pérdidas de manos condicionaron seriamente sus opciones. Aun así, logró aprovechar las embestidas más limpias por el pitón derecho, donde el animal mostró clase y fondo. El extremeño construyó una faena inteligente, exigiendo cuando podía y administrando las fuerzas de un toro que parecía descoordinado de las manos. La media estocada dejó todo en una ovación desde el tercio, pues sorprendentemente no hubo petición.

El tercer toro permitió contemplar uno de los momentos capoteros de la feria. Juan Ortega firmó un recibo sencillamente extraordinario. Con las rodillas flexionadas, sometiendo la embestida y rematando con medias de cartel, puso la plaza en pie. Fue una lección de compás, gusto y naturalidad. El toro tuvo movilidad, transmisión y una humillación constante que le llevaba a clavar los pitones en la arena continuamente. Ortega dejó pasajes de enorme belleza, especialmente al natural, donde surgieron muletazos de auténtica inspiración. Sin embargo, la faena nunca terminó de romper definitivamente. Hubo destellos de obra grande, pero faltó continuidad para alcanzar mayores cotas. El pinchazo previo y la estocada baja dejaron todo en una petición insuficiente.

La gran obra de la tarde llegó en el cuarto. Morante recibió al toro con delantales ceñidos y torerísimos, llevando al animal cosido al vuelo del capote. El toro sufrió un fuerte costalazo cuando apuntaba magníficas condiciones, circunstancia que pudo haber condicionado la lidia, pero no impidió que el genio de La Puebla destapara el tarro de las esencias.

Desde el inicio en el estribo hasta el cierre por abajo, la faena fue un compendio de torería. Hubo muletazos de una lentitud insultante, tandas por el pitón derecho llevadas hasta el final y rematadas con un gusto exquisito, y momentos de inspiración que hicieron viajar al aficionado a otra época. Morante cuajó al toro, lo sometió y lo toreó con profundidad, componiendo probablemente la mejor faena que haya firmado en Alicante. El pinchazo previo resultó determinante en el resultado final. La oreja concedida supo a escaso premio para una obra de enorme dimensión artística. La fuerte petición de la segunda y los gritos de «¡torero, torero!» reflejaron el sentir de una plaza completamente entregada.






El quinto fue el toro de mayor trapío del encierro, de hechuras rozando la perfección y uno de los grandes nombres propios de la tarde. «Revolucionario», número 54, hizo honor a su nombre. Tras un notable tercio de banderillas de Javier Ambel, que se desmonteró con justicia, Talavante inició su labor de rodillas para conectar rápidamente con los tendidos. Pronto quedó claro que el toro tenía algo especial. Humillador, largo, encastado y con una clase extraordinaria, embestía con el hocico barriendo la arena y transmitiendo emoción en cada embroque. No era una embestida mecánica ni cómoda; tenía profundidad y exigencia. Por ambos pitones resultó excepcional, especialmente por el izquierdo.

Talavante lo entendió a la perfección y construyó una faena importante, ligada y de gran autoridad. Por momentos llegó a sobrevolar la ligera idea del indulto en algunos sectores del tendido aunque es cierto que el toro perdió intensidad en los compases finales. Aun así, quedó la sensación de estar ante uno de los toros más completos de la feria. Las manoletinas finales pusieron a la plaza en pie antes de una estocada trasera que no impidió la concesión de las dos orejas. El arrastre ovacionado reconoció la extraordinaria condición de un toro que engrandeció la corrida.

Revolucionario-54 de Santiago Domeqc enamoraba en los corrales por sus hechuras armónicas y seriedad sin exageraciones. 

Y todavía quedaba el broche de Juan Ortega. El sexto confirmó definitivamente el excelente juego del envío de Santiago Domecq. Ortega volvió a cuajarlo ya de salida con el capote, meciendo las embestidas con ese temple tan característico que convierte la sencillez en arte. El paso por el caballo y las banderillas apenas tuvieron relevancia, pero en la muleta emergió un gran toro.

Con fondo, calidad y duración, el animal permitió a Ortega expresarse en plenitud. Surgieron tandas de enorme cadencia, muletazos lentísimos, llevados con la cintura, acompañando la embestida hasta el final y toreando siempre desde la naturalidad. Fue una faena de aroma clásico, de gusto exquisito y de enorme conexión con el tendido. El sevillano terminó cuajando una de sus actuaciones más redondas en Alicante. El pinchazo previo resultó decisivo. Sin ese borrón, la puerta de las dos orejas parecía abierta de par en par. La posterior estocada dejó el premio en una sola oreja y la sensación de que la espada privó al torero de un triunfo de mayor dimensión.

La corrida concluyó entre el reconocimiento a una ganadería que ofreció bravura, clase y emoción, y la satisfacción de haber asistido a una tarde importante. Morante dejó una obra para el recuerdo. Talavante encontró el triunfo grande junto a un toro extraordinario. Ortega confirmó el excelente momento de su concepto. Y Santiago Domecq firmó, sin duda, una de las corridas más completas y de mayor interés de toda la Feria de Hogueras.

Y para finalizar... La única nota verdaderamente desafortunada de la tarde llegó una vez concluido el festejo. Morante, que había sumado una oreja de cada uno de sus toros y había abierto reglamentariamente la Puerta Grande, decidió renunciar a la salida a hombros en protesta por la concesión de trofeos. El sevillano está en su derecho de expresar su desacuerdo con la presidencia, pero resulta difícil compartir una decisión que termina privando al público de celebrar junto al torero una actuación memorable. La grandeza de las figuras también reside en saber aceptar los criterios del palco cuando no coinciden con sus expectativas. El juicio artístico sobre su faena al cuarto podrá seguir alimentando el debate entre aficionados, pero la Puerta Grande se conquista en el ruedo y, una vez abierta, debería honrarse como reconocimiento al conjunto de la tarde y al respeto debido a quienes acudieron 

martes, 11 de abril de 2023

Sangrito-54, el Bou de Sant Vicent.

 Con este galán de D. Samuel Flores, la comisión de fiestas de Sant Vicent Ferrer de la Vall de Uxó homenajeará a los fundadores de la comisión en su 50 aniversario. Un toro, como se puede apreciar, a la altura de un evento de tal importancia.

Y lo cierto es que Sangrito, desde que era poco más que un eral, ya anunciaba y mostraba ver su espectacularidad. Su tremenda cara presagiaba lo que se confirmaría años después, cuando Sangrito cuajara, se rematara y ganara la seriedad propia de la edad.




Sangrito siempre anduvo reseñado para fechas importantes y por momentos, para festejos de lidia ordinaria marcados como obligatorios en cuanto a culto al toro. Durante semanas o incluso meses fue el toro inicialmente reseñado para la corrida concurso de Cenicientos 2022, aunque finalmente el que viajó -y se lidió- fue su hermano de camada, otro espectacular y serio Giralda-50.

Sangrito pasó su año de cuatreño en El Palomar habiéndosele asignado varios destinos que finalmente no se llegaron a cumplir. Y finalmente, Sangrito se convirtió en el Bou de Sant Vicent Ferrer 2023.





El sábado 15 de abril, Sangrito desfilará por las calles de La Vall, unas calles donde se venera un profundo respeto y admiración por el toro. Unas calles que lo esperan con la ilusión por las nubes y las ganas de que embista. Qué mejor forma de homenajear a sus socios fundadores, 50 años ha. 

Carjutero-56, su hermano de camada lidiado hace apenas pocos días en Benassal, no se acordó de su reata según nos apuntaba el blog Terra de Bous. Esperemos que Sangrito sí lo haga y contribuya a aumentar el legado que dejaron sus hermanos Sangriento, Sangrador, Mucha-Sangre o Sanguinario.





sábado, 18 de marzo de 2023

Mi humilde recuerdo a Daniel Ruiz

 He sentido una pena inmensa al leer esta mañana que había fallecido Daniel Ruiz. Una pena que me ha impulsado a escribir estas líneas desde este humilde rincón virtual que lleva mucho tiempo sin abrirse ni actualizarse.

Todos sabemos quién era Daniel Ruiz. Ese ganadero de personalidad fuerte, marcada y arrolladora, polémico en ocasiones por sus declaraciones pero  que todas las figuras lo buscaban en sus compromisos importantes. A este Daniel Ruiz lo conocíamos todos los aficionados y como todo en la vida, unas veces coincidíamos con él y otras discrepábamos.













Yo tuve la suerte de conocer a Daniel Ruiz, me refiero a la persona, no al ganadero. Y quizá por ese motivo he sentido tanta pena al enterarme de la noticia. Porque Daniel Ruiz, a mí, a mis hijos y a mi mujer nos trató siempre con una cercanía y con una amabilidad extraordinarias. De esas que entonces es cuando te sientes a gusto de verdad. Cada vez que me veía por Cortijo del Campo nunca pudo ser más atento con nosotros. Nunca faltó por su parte una invitación a un tentadero a su casa. Y nunca faltó esa proximidad, esas conversaciones con un sabio del campo y esa simpatía característica de un hombre llano y sencillo. La última vez que lo ví, en Navidades de 2022, me dijo "Sabes que este año lidio en Castellón? Vendrás a verme?. Llámame si vas!!!"

Un día, siendo mis hijos mellizos muy pequeños -apenas un par de años- andaba por Cortijo del Campo con mi coche y pinché una rueda en el camino que va a Vianos. No tenía cobertura, y me ví en un panorama con dos críos tan pequeños.

Allí apareció Daniel que iba a mover sus corridas y por supuesto no dudó en ayudarme. Paró su coche, subimos con él, llamó a su mayoral Juan para que trajera un gato de tractor, nos llevó a un sitio con cobertura, llamé a la grúa, regresamos al coche, esperamos hasta que llegó la grúa y finalmente cargó el coche la grúa. Todo ello sin separarse de nosotros y haciendo la espera agradable y distraía, repasando los toros y las vacas mientras y charlando, por supuesto, de toros y toreros.




Guardo muchos recuerdos en Cortijo del Campo con Daniel Ruiz, y siempre le estaré agradecido porque desde el primer momento me permitió disfrutar, a mí y a mi familia, de su toro bravo en su casa y de esas conversaciones que guardaré para siempre.

Descansa en Paz, ganadero.